Ingmar Bergman tras su centenario

Hay quien dice que pese al espesor de su figura en la Historia del cine, Ingmar Bergman ha dejado de ocupar un lugar central en la cultura cinéfila actual. Semejante prejuicio, que suelen expresar quienes opinan lo mismo de Antonioni y otros maestros del cine de autor, es solo el último de los que le acompañaron a lo largo de su longeva y fecunda carrera: ya saben, que si era un artista cristiano que perdió la fe, que si carecía de humor, que si ejercía el nepotismo con sus parejas a las que convertía en musas… El año pasado se conmemoraba el centenario de su nacimiento y para celebrarlo se pusieron en marcha varias iniciativas que deberían servir para calibrarlo mejor.

El prestigioso sello Criterion, esa biblia del aficionado al cine, publicó un cofre con cuarenta menos una del total de películas que firmó, una verdadera edición anotada.

Y, cómo no, se lanzaron varias películas sobre su figura, una de las cuales es la que se estrena ahora con el título «Entendiendo a Ingmar Bergman». Es obra de la veterana Margarethe von Trotta, que entrevista a otros cineastas que se revelan fans tan declarados como ella: Mia-Hansen Løve, Carlos Saura (que en realidad declara con sana envidia que lo que le gustaba de Ingmar eran sus actrices) y Olivier Assayas. Este último, como francés y como crítico que fue, es el que mejor explica esa influencia puesta en duda de Bergman sobre el cine actual: más que un escritor que armaba guiones con la destreza de un dramaturgo; más que un insuperable artista visual creador, con su cámara Sven Nykvist, de imágenes oníricas inolvidables; Bergman fue, y ahora sí citamos a Assayas, en su condición de sublime director de actores y actrices, un pionero creador de un cine del cuerpo, y fue en eso en lo que se anticipó a la nouvelle vague, a Cassavetes y a todo ese cine moderno que se pega a la piel de sus protagonistas.

No solo hay que recordar las pesadillas de «Fresas salvajes» o de «La hora del lobo», Bergman tiene en su haber algunos de los primeros planos más memorables de la historia. Piensen tan solo, entre miles, en ese equivalente fílmico a La Gioconda que es el plano que se acerca al rostro insolente de Harriet Andersson en «Un verano con Mónica». O en Ingrid Thulin, el rostro asustado que recibe insultos en «Los comulgantes», la máscara agonizante de «El silencio», la esposa que se mutila la entrepierna y se frota la sangre en la boca en «Gritos y susurros». Hablen de influencias: Schrader acaba de rehacer la primera, y el Haneke de «La pianista» pasará una vida intentando superar esa imagen última. .

abc.es »

Tags: #cine #bergman #ingmar #esa #solo

2019-7-19 17:00